miércoles, 10 de febrero de 2010

EL DISCURSO CRÍTICO SOCIOCRIMINAL

EL DISCURSO CRÍTICO SOCIOCRIMINAL.
La nueva criminología
Sobre la década del sesenta comenzaron a ocurrir –coincidentemente en el tiempo y en el espacio político mundial, toda clase de tragedias e infortunios. Estos episodios trajeron a mucho desasosiego, impaciencia y desazón en la sociedad. Así, a las consecuentes agitaciones populares se añadieron toda clase de dudas, temores e indecisiones entre intelectuales.
Ahora bien, como ha venido ocurriendo durante todo el transcurso de la historia mundial, a la tan necesitada moderación, calma y esperanza, los líderes y los intelectuales respondieron, en cambio, apocalípticamente: en ese clima nació una suerte de anarquismo jurídico – penal que, con pie en la teoría marxista de la autodenominada originariamente “Nueva criminología”, pretendió el exterminio o demolición de las instituciones democráticas, esto es, cambiar el “sistema” que a su juicio hacía posible el delito, y la extinción del propio sistema penal.

Lo cierto es que la guerra de Vietnam, la contracultura de la droga, la mayor arbitrariedad policial de esos años sesenta, los asesinatos de Kennedy y del Che Guevara, el escándalo “Watergate”, y la presencia de hippies, drogadictos y toda clase de adolescentes rebeldes –en significativa proporción- llamaban la atención universal ante el reciente auge o esplendor de los medios de comunicación e intercomunicación de personas, grupos y comunidades.
Esta ambivalente y exacerbada difusión contracultural puso en primer plano la crisis de los valores que se vivía en importantes ciudades de los Estados Unidos de Norte América y de Europa; ello en función de conductas que no pasaban de representar sino a una minoría.
Todo lo expuesto se tradujo en Latinoamérica en más terrorismo y en más revoluciones militares que se sucedieron acometiendo contra las reglas, costumbres y valores vigentes, con permanente y perjudicial cambio y recambio de sus códigos: y en este clima nació una “Nueva Criminología” que renegaba del estudio causal de la conducta criminal y lo sustituía con afirmaciones ideológicas, en especial, las marxistas.-

Sin duda que pretender fundar la criminología en el cuestionamiento social y el ideológico de las leyes es inadmisible; ello, porque como ya hemos enseñado, esta disciplina tiene como referencia ineluctable al derecho positivo, esto es, a un marco jurídico-institucional: la oposición entre la conducta emitida y la ya regulada, con el consecuente estudio de sus causas, es precisamente el objeto mismo de la criminología.
El estudio crítico de la Ley positiva propuesto como meta de la política criminal es aquel que tiene lugar bajo la garantía de la “investigación científica” para establecer los “medios” que sirven más idóneamente a la legislación positiva.-
Como los citados presupuestos son ajenos a la “Nueva Criminología”, ya que ésta sigue un método histórico analítico y encara una crítica política ideológica de la legislación, no sólo es desacertada su denominación, Nueva “criminología”, sino también la pretensión de constituirla en una política criminal; al menos en el sentido científico que tiene esta disciplina dentro del saber y del que hacer criminológico.
Creemos que la política penal vinculada al propio proceso político social de Criminalización y descriminalización según el uso ya dado reiteradamente a estas voces, ha sido y será un capítulo necesario y legítimo de la sociología penal; pero en tanto ésta tiene su propio enlace e ingreso en dicho derecho, no vemos razón para considerarla como una teoría o cuerpo de teorías propias de la criminología.

La Nueva criminología, que sucedió a las primeras exposiciones del etiquetamiento (Labelling approach), hizo su primera aparición con la obra que lleva ese nombre y que presentaron en 1973, Taylor, Malton y Young (The new criminology, Routledge, Londres, 1973).
Después de señalar que el aumento significativo de delincuentes, desviados y presos demuestra la incapacidad de las teorías antes examinadas “para hacer frente a los provocativos problemas básicos planteados por la persistencia del delito, la desviación y el disenso”. Los fundadores de este movimiento apelaron a la crítica marxista de la filosofía hegeliana del derecho; ello, para señalar, conforme a dicho pensamiento que, las relaciones jurídicas, así como las formas del estado, han de interpretarse no en sí mismas ni en función del llamado desarrollo general de la mente humana, sino que tienen sus orígenes en las condiciones materiales de vida y que la sociedad civil ha de buscarse en la economía política.
La nueva criminología no sólo quitó toda significación a los estudios y tesis etiocriminológicas sino que propuso la politización del delito y de la criminología consagrando desde tal marco discursivo de referencia todos los esfuerzos dirigidos para la disminución del delito en el campo social; así sostiene: “Debe quedar claro que una criminología que no esté normativamente consagrada a la abolición de las desigualdades de riqueza y poder y, en especial, de las desigualdades en materia de bienes y de posibilidades vitales, caerá inevitablemente en el correccionalismo. Y todo correccionalismo está inevitablemente ligado a la identificación de la desviación con la patología.
En síntesis, y en sus propios términos, esta teoría, in susceptible de verificación y control experimental alguno acerca de sus postulados ideológicos, no constituye un estudio científico del crimen, sino una economía política de la acción delictiva, que responde al “método histórico analítico” y al análisis macro social.

EL INTERACCIONISMO Y EL LABELLING APPROACH
El precedente interaccionista.
Las hipótesis interaccionistas son señaladas por múltiples autores, jonto a la llamada etnometodología, como fuentes de las teorías macrosociales y poíticamente comprometidas de la desviación y el control social y, en particular del labelling approach o el etiquetamiento.
Margaret Mead fue una antropóloga cultural que estudió de modo macrosocial múltiples correlaciones entre las diversas culturas y los comportamientos respectivos; vervi gracia sobre: Cooperación y competencia en trece sociedades primitivas; Educación y cultura en nueva Guinea; sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, y adolescencia sexo y cultura en Samoa. Mead introdujo en dicha antropología múltiples conceptos tomados del psicoanálisis y de los mecanismos del aprendizaje, insistiendo en las relaciones del aprendizaje social y su contexto sociocultural.
Algunos criminólogos tomaron parcialmente algunas afirmaciones de Mead como un supuestamente sólido punto de vista frente a la criminología tradicional.
Los referidos criminólogos, otorgando a Mead la paternidad de lo que constituye un principio básico de la psíco sociología, esto es, la existencia y posible observación macro social de la interacción individuo sociedad, pensaron que habían hallado un novedoso nivel de observación; el de la interacción entre quien es sujeto de la rotulación o atribución de desviado y quienes tienen el control social de dicha asignación. Respecto de la manera en que la interacción puede en ciertas circunstancias condicionar la criminalidad, Lamnek cita a Becker para quine: “Tratar a una persona como si fuera desviada en general, y no sólo específicamente, genera una profecía que se cumple ella misma. Un tratamiento semejante pone en marca diferentes mecanismos que cooperan para formar a la persona según la imagen que la gente tiene de ella, es etiquetarla. Y de inmediato añade Lamnek: Por la self fulfilling prophecy se reducen también las posibilidades de vida y de comportamiento de tal manera que se verifica un distanciamiento de los modos de comportamiento y conformistas y una identificación con las acciones definidas como desviadas, porque éstas son percibidas como las únicas realizables.

LA TEORÍA DEL ETIQUETAMIENTO
El enfoque del labelling en su formulación más sencilla sostiene que el intento por impedir, castigar y prevenir la desviación puede, en realidad, crear la desviación misma, en ese sentido afirma Becker: “En síntesis, que determinado acto sea desviado o no depende en parte de la naturaleza del acto (es decir, si con éste se infringe o no alguna norma), y en parte también, de lo que el resto de la gente hace al respecto.
La teoría del etiquetamiento, o de labelling sostienen que frente a la desviación primaria, como desviación original de la pauta de conducta reglada, la desviación secundaria aparece como el propio resultado de la reacción social (rotulaciones o adjudicaciones estereotipantes de roles.
Conforme con lo dicho el etiquetamiento de un comportamiento como desviado tiene lugar a causa de los procesos y fenómenos socio jurídicos de fijación y aplicación de normas; ello, según el siguiente orden:
1- Por vía de los “procedimientos de fijación de normas, son creadas, ya, las condiciones para una eventual violación de éstas o desviación;
2- A causa de la dinámica de aplicación de las normas son definidos como desviados los infractores, dando lugar a dicho etiquetamiento;
3- Producida la definición o etiquetamiento del desviado, le suceden al sujeto marcado como criminal múltiples medidas formales e informales; el proceso de estigmatización reduce, así, las posibilidades de interacción social ordinaria;
4- La persona que comienza a ser tratada como desviada como se dijo, tiende a comportarse conforme al trato que recibe;
5- El último paso es el ingreso del etiquetado a un grupo organizado de desviados.

Los efectos y procesos progresivos, de los que hemos dado cuenta, comienzan a tener lugar sobre lo que Lemert denominó desviación primaria. Así, recién a causa de las reacciones sociales, v. gr., rotulaciones, adjudicaciones estereotiparte de roles que suceden a la aplicación de las normas sobre los desviados primarios, éstos tienden a iniciar su carrera desviada. Este último estadio, precedido por la desviación primaria y por las instancias de control y reacción social, es el de la desviación secundaria.

Las medidas de fijación de normas y de aplicación de las mismas por las instancias de control y reacción sociales pueden ser según estos teóricos del etiquetamiento, de naturaleza formal (normas y sanciones oficiales) como informa, (reglas y reacciones sociales y grupales, culturales y sub-culturales).
En síntesis, el comportamiento de desviación secundaria, según los teóricos del labelling, es creado por la sociedad. Desde las distintas vertientes del labelling es evidente que se advierte un paso al marxismo, al menos en varios de sus representantes.
Sack, citado por Lamneck, sostiene que como consecuencia de las estructuras de clases de las sociedades capitalistas se derivan también las estructuras de distribución de las asignaciones de criminalidad y postula como desideratum más importante una teoría de la criminalidad social general y trabajos referidos a las clases y la dominación. En síntesis, para Sack el carácter de clase de la estructura social capitalista determina, por un lado, la fijación de las normas y, por el otro, la aplicación de éstas.

CRÍTICAS A LA TEORIA DEL ETIQUETAMIENTO.
Al pasar de la desviación en general 8formal e informal) a la conducta criminal, en particular, la teoría que venimos analizando se hace susceptible de las siguientes críticas:
1) La teoría del etiquetamiento, al ocuparse únicamente de las consecuencias propias y ulteriores a la aplicación de las normas y al supuesto “proceso de estigmatización” sobre el delito ya acaecido y respecto de quien ya ha delinquido (desviación primaria) carece de significación causal o etio criminológica alguna respecto de la delincuencia que precede a la sanción social: sólo se refiere a los efectos posteriores a ésta (desviación secundaria).
2) La observación dicha es igualmente aplicable a todos los supuestos o casos en los cuales la detección policial y las subsiguientes instancias judiciales tienen lugar cuando el sujeto ya ha reincidido o se ha inscrito dentro de un patrón criminal de conducta tardíamente detectado, casos de delincuencia oculta de tipo habitual; así a quien es objeto de sanción, siendo delincuente habitual al tiempo de ser objeto de aquélla, no le alcanzan los pretendidos efectos del etiquetamiento;
3) Si el etiquetamiento dentro de las instancias de control y reacción sociales, es en gran medida el responsable de la carrera desviada que sucede a la aplicación de las normas, entonces deberíamos renunciar a aquellas medidas y a toda defensa social, priorizando el derecho al delito y suprimir el derecho penal; ello no resiste el análisis, llevándonos regresiva y anárquicamente a la venganza privada;
4) Existe un vacío etiológico o causal omitido conscientemente en punto a la explicación de las condiciones históricas, y empíricamente observables, de los procesos sociales que en cualquier comunidad terminan por imponer la oficialización de la regulación y aplicación normativas.
5) La carencia de toda explicación acerca de los fenómenos referidos con anterioridad demuestran, por qué las teorías del etiquetamiento no son técnicamente útiles a la política criminal.
6) Basta con remitir a las leyes del aprendizaje para advertir que la conducta de desaprobación social, incluido el etiquetamiento, lejos de conducir al refuerzo de los impulsos censurados o reprochados, produce aprendizaje social;
7) La inexistencia de desaprobación social, llámese etiquetamiento, conduce, contrariamente a la pretensión de estas teorías, al “aprendizaje por refuerzo positivo del delito y por “cese del refuerzo negativo” de éste.

Es sin duda aceptable que entre la infinita cantidad de variables independientes que a diario actúan sobre las singulares estructuras impulsivo motivacionales de cada sujeto reforzando ya una, ya otra probable conducta, ya uno, ya otro posible registro instrumental para dar satisfacción a las necesidades primarias y secundarias, que no excluyen las valoraciones y significaciones que forman parte de toda interacción podamos y debamos recoger también la variable de la estigmatización y someterla a estudio; pero resultaría absurdo pretender que dicha variable se halle fuera de las leyes del aprendizaje o quite razón de ser a esa infinita cantidad de estímulos que siempre está “modelando” a las personas según tales leyes.

Estas leyes, es obvio, no se inmutan por la presencia o si se quiere, descubrimiento de cada variable independiente que se va detectando.
No se le puede asignar a ninguna variable, a priori, y menos sin someterla a verificación y reproducción fenoménica controlada alguna, un lugar preponderante, especial y ajeno a la compleja dinamogénesis interactiva de la que dan cuenta todos los conocimientos bioneuro-psicosociales acumulados por décadas en el campo experimental.
La simplificación de tales estudios con meras opiniones es algo de lo que no debe ocuparse la criminología, ya que ese campo discursivo pre-científico pertenece a una etapa ya superada a mediados del siglo XIX

CRITICA MATERIALISTA AL Etiquetamiento
Alvin W. Gouldner, quien efectuó el prólogo a la obra de Taylor, Walton y Young, la nueva criminología, ha sido escogido por algunos autores, como quien mejor representó las críticas de ese sector contra el etiquetamiento (labelling approach).
Se resume la crítica, aunque éstas no tengan como punto de partida estudios científico-experimentales de carácter biopsicosocial:

1) Sostiene Gouldner que Becker se sitúa sólo del lado de los marginados, que son los sujetos que él estudia.
2) Agrega, en consecuencia con lo dicho, que el análisis referido resulta parcial y no comprende a las estructuras gobernantes o de poder;
3) Que, por lo expuesto, Becker presenta al desviado como el resultado de las instancias de control y ejecución institucionales; ello constituye una mera concepción victimista del desviado. La desviación se presenta así, según Gouldner, como producto de los agentes de control y no como una opción contra las estructuras del poder. Dentro de esta misma concepción materialista, Liazos advierte que los teóricos del etiquetamiento parecen ocuparse sólo de ciertos grupos de desviados, como los drogadictos, los rateros, etc., descuidando la desviación de los poderosos. (los delincuentes de cuello blanco, los políticos, los banqueros, etc.) Por lo demás, añade Lianzos, el Labelling approach define como desviados a los dirigentes negros o panteras negras, incluyendo a los huelguistas o amotinados, desconociendo que esas conductas desviadas no son sino luchas políticas.

Entre las múltiples críticas que recibió la teoría del etiquetamiento, (labelling approach) fue sin duda la de mayor significación, en tanto puso en evidencia cómo tal postura del etiquetamiento trascendió hacia los fundamentos mismos de la posterior criminología anarquista y marxista conocida como crítica, aquella por la cual se denunció que los teóricos de la reacción social, trabajando dentro de los límites de ideologías liberales no llegan a desenmascarar las desigualdades de poder e interés que condicionan los procesos de creación y aplicación de leyes.
Los criminólogos materialistas o económico políticos de la desviación y de la Criminalización, pasaron de la criminología liberal a la criminología crítica, profundizando el análisis de los procesos socioeconómicos de producción y distribución subyacentes a la creación y aplicación de leyes, a partir de la crítica del labelling approach.
En relación con lo expuesto se ha dicho: En la teoría del labelling la concesión de las relaciones de hegemonía desplaza el análisis a un terreno abstracto, en que el momento político es definido de manera independiente de la estructura económica de las relaciones de producción y de distribución, sin poder explicar la realidad social y el significado de la desviación, de los comportamientos socialmente negativos y de la Criminalización. Se agrega a continuación oponiendo el paradigma crítico al del labelling. Contra esta absorción de la realidad social, se ha puesto de relieve, en el ámbit6o del enfoque materialista de la teoría de la criminalidad, que tales comportamientos tienen un significado social aun independiente de la definición de criminalidad que se aplica a ellos; por ejemplo, en cuanto expresan contradicciones reales del sistema económico.

Sin perjuicio de las críticas señaladas que más parecen propuestas para profundizar los procesos ideológico críticos de la desviación y de las instancias económico políticas dentro de las cuales tiene lugar la formulación legislativa, debemos reiterar que ya entre los teóricos del labelling no faltaron quienes propusieran fundir el análisis de la estructura de clases y de poder de la sociedad capitalista partiendo de una teoría global histórica materialista; tal la posición de Sack. Es aplicable a las teorías del labelling, llevadas al extremo señalado antes, lo que ya hemos dicho en relación con la inadmisibilidad científico criminológica de aquellos aportes carentes de utilidad para la reducción del índice de la criminalidad, dada su subordinación ideológica.

LA CRIMINOLOGÍA CRÍTICA.
La llamada criminología crítica es para algunos autores sólo una denominación más de lo que se conoce como “Nueva Criminología” y como “Criminología radical”. Sin embargo, con ella se produjo una intensa, profusa y constante revisión de aquélla.
La criminología crítica alberga diversas tendencias, incluyendo al neorrealismo de izquierda, a la teoría del derecho penal mínimo, así como al abolicionismo.
La criminología, teniendo como presupuesto necesario múltiples basamentos socioeconómicos y sociopolíticos que inevitablemente dan base al derecho positivo y a la llamada Criminalización, tiene por objeto el estudio de los procesos conductuales de aprendizaje social y antisocial.

Lo expuesto en el párrafo anterior hace que lejos de entrar en el cuestionamiento socioeconómico e ideológico de los ordenamientos jurídicos que permiten o hacen posible valorativamente los procesos del aprendizaje delictivo, la criminología debe resultar útil por vías de su rama etiológica a la prevención del crimen y al descubrimiento de sus remedios en uno u otro tiempo, en uno u otro estado, bajo una u otra orientación religiosa, frente a una u otra orientación económica política.

Por lo demás, no se ha conocido en la historia de la humanidad sistema ideológico-político alguno que fuera excluyente de todo aprendizaje y conductas antisociales y criminales.
Es así que, con independencia de las políticas temporales diversas, la criminología es, para nosotros, la ciencia que no sólo empírica sino también experimentalmente, poniendo a prueba y bajo control de variables, siempre que sea posible, sus hipótesis y predicciones, estudia la fenomenología criminal incluyendo todos los efectos y las reacciones sociales producidas por aquélla para conocer sus causas y, consecuentemente sus remedios. No obstante lo dicho, y pese a las auto correcciones que se impone la criminología crítica respecto de la versión original de la new criminology, aquella no dejó de constituir una teoría ideológica, esto es, una teoría crítica del control del crimen en la sociedad capitalista. A partir de un análisis crítico marxista.
En este sentando señala Baratta: La atención de la criminología crítica se ha dirigido sobre todo al proceso de Criminalización, individualizando en él uno de los mayores nudos teóricos y prácticos de las relaciones sociales de desigualdad propias de la sociedad capitalista y persiguiendo, como uno de sus objetivos principales, extender de un modo riguroso la crítica del derecho desigual al campo del derecho penal. Elaborar una teoría materialista económico política de la desviación, de los comportamientos socialmente negativos y de la Criminalización, y trazar las líneas de una política criminal alternativa de una política de las clases subalternas en el sector de la desviación: he aquí las principales tareas que incumben a los representantes de la criminología crítica que parten de un enfoque materialista y que están animadas por la convicción de que sólo un análisis radical de los mecanismos y de las funciones reales del sistema penal en la sociedad capitalista tardía puede permitir una estrategia autónoma y alternativa en el sector del control social de la desviación, esto es, una política criminal de las clases actualmente subalternas. Solo partiendo del punto de vista del interés de estas últimas, estimamos posible perseguir las finalidades indicadas.

DISTINCIÓN ENTRE LA CRIMINOLOGÍA CRÍTICA Y LA NUEVA CRIMINOLOGÍA.
Al desarrollar la Criminología de la clase obrera, dentro de la criminología crítica, Young trata de establecer sus objeciones a la nueva teoría de la desviación que se había desenvuelto a partir de la Nacional deviance conference. (NDC) Al hacerlo puntualiza la revisión de los postulados de aquélla y varía en los siguientes términos su propia posición anterior de la Nueva Criminología:
1) Atacar ideas erróneas de otro, (como la de los positivistas) sin tener claras las propias (remite tácitamente a las de las nuevas teorías de la desviación y a las de la nueva criminología) conduce sólo a la construcción de teorías que son meros reflejos de las ideas falsas contra las que se arremete.
2) Así ocurrió con el ataque a la criminología positivista del cual no resultó una salida utilitaria sino una muera inversión de sus términos.
3) En su ataque contra el utilitarismo de la criminología ortodoxa (no problemática de la reacción social y de la sociedad en cuyo contexto tiene lugar) la nueva teoría de la desviación terminó adoptando únicamente una posición de izquierda romántica.-
4) Esa posición romántica de las izquierdas omite que la clase obrera, que es la más afectada por las consecuencias de delitos tales como aquellos contra la propiedad y la vida, también exhibe un inequívoco consenso en relación con el rechazo y consideración de éstos. Se impone, así, una revitalización del peligro social del delito común, esto es, una coincidencia en punto a la existencia de una reacción social amplia y uniformemente opuesta a ciertas formas de desviación.
5) Más allá de las desigualdades sociales apuntadas por los nuevos teóricos de la desviación, v. gr., respecto de una sociedad industrial típica que como la británica concentraba el 84% de la riqueza en el 7% de la población, la criminología crítica advierte que también la clase obrera tiene interés en un genuino orden social, máxime por cuanto la mayor parte de los delitos (según anotan los teóricos de aquélla época) se cometen dentro de la clase y no entre clases.
6) No obstante lo expuesto en el párrafo anterior, la crítica de Young resaltaba que el orden social conservador y sus campañas de ley y orden constituyen una impostura tras la cual se esconden intereses particulares afirmados como intereses comunitarios o de todos. Y de inmediato acotaba: “La clase trabajadora sufre los efectos del delito, enfrenta a diario la experiencia de la desesperación material, padece los estragos de la desorganización del individualismo competitivo. La ideología que en esto se despliega la ideología burguesa contiene un elemento de verdad, e invoca intereses genuinos de la clase, aunque de modo distorsionado.
Este auto-examen de la criminología crítica, desde una de sus corrientes o tendencias advierte los vicios de su radical posición contra el estudio fenoménico causal y respecto del paradigma etiológico, y lleva a complementar el enroque macro-sociológico que reproponía como opuesto al biopsicológico con este último.
En el sentido expuesto con anterioridad, parte de la criminología crítica fue entendiendo que el análisis macro-social y las desigualdades económicas no servían para explicar por qué dentro del mismo sistema sólo determinadas personas y grupos delinquían; ello los llevó a aceptar la necesidad de estudiar complementariamente las teorías sub-culturales y las de la anomía.

CRÍTICA A LA CRIMINOLOGÍA CRÍTICA
Ésta intenta, desde su perspectiva, original y decididamente incompatible con la del paradigma etiológico, sin perjuicio de las correcciones de algunos neorrealista de izquierda, sostener cuál es a su juicio la visión correcta de la problemática macro social y política de la criminología y del derecho penal; ello, partiendo generalmente del presupuesto dogmático ideológico marxista, in susceptible de prueba de verdad o verificación; con ello se desata e inicia el interés por el estudio de la ciencia del conocimiento de la conducta criminal (sus causas y remedios).
Debemos advertir, primero, que al asumir ideológicamente una posición de compromiso ante la clase obrera, frente a lo que a priori se descalifica como “proceso capitalistas de control social, la criminología crítica se auto-ubica al margen del cuerpo de los conocimientos acumulados durante más de un siglo por la investigación empírico-experimental de la conducta humana y animal, sea desde el campo de la reflexología, desde el de la genética, el de la endocrinología, la embriología, los estudios sobre pruebas psicológicas, la neurología, v. gr, los aportes sobre neuroquímica cerebral, o, finalmente desde la articulación interdisciplinaria dinamogenética de los más modernos y constantes estudios del aprendizaje bio-psico-neurofisiológico social, el cual reúne hoy todos los datos de esos múltiples niveles de observación.
De lo dicho se desprende que si por una parte el desenvolvimiento de la especulación teórica racional con sus múltiples y posibles enfoques, político-sociales y socioeconómicos, no puede ser impedido por la ciencia criminológica, por la otra, aquélla se desenvuelve libremente y sin significación alguna en este último campo, cuyo método de estudio la excluye ya que le es absolutamente ajeno e incompatible; ello, salvo que la criminología crítica deseara y pudiera poner en juego la verificación de lo que sostiene como dogma básico: la necesaria presencia de un punto de partida crítico social marxista como vía idónea para la indagación dinamogenética de la conducta y, en particular, de la conducta delictiva y de las instancias de control social; todo lo cual resulta absurdo de modo evidente.
La criminología científica se ha propuesto desde sus orígenes, mucho más allá de sus nominaciones o estadios temporales, P. Ej., el positivismo criminológico, el estudio y conocimiento de las causas o factores de la criminalidad, sin establecer límite dogmático alguno respecto de la manera de arribar a tal conocimiento o a cuáles deben ser las condiciones o variables independientes objeto de observación; ello, en tanto se respeten los postulados tradicionales del método científico (v.gr., facticidad, verificabilidad, control de variabilidad, examen experimental de hipótesis, etc.). Así la criminología nunca ha impuesto otro límite a la investigación y formulación o planteamiento de las hipótesis que se someten a observación y eventual “verificación” que los que resultan de su “método” de estudio. Por el contrario, la criminología crítica condiciona a partir de compromisos político-ideológicos, la indagación criminológica.

Ocurre, en el sentido indicado, que el compromiso con la mismísima clase obrera señala ab-initio las limitaciones que su respectivo punto de partida impuso a la llamada “teoría crítica del control social” o “teoría materialista de la desviación”, como teoría no pluri-grupal o social y sí sólo adecuada para una eventual política criminal de clase: la clase del grupo uní vinculado de tipo obrero, el cual es visto a priori de frente al universo valorativo, significativo y normativo, más o menos integrado o desintegrado, y no como parte del todo comunitario.
Pese a la afirmación de que el proletariado sufre la politización de las instancias de Criminalización, se advierte, en cambio, un claro consenso o acuerdo de éste, que se cohesiona con los demás grupos sociales, principalmente en torno a los valores compartidos de la propiedad y de la vida y a la necesidad de la defensa o tutela contra la violación de los mismos.
Ello explica que se legitime, en todo tiempo y lugar, la defensa contra todo ataque a los valores básicos por parte de cualquier grupo o, mejor dicho, de todos los grupos sociales integrados y jurídicamente protegidos.
Ya desde los orígenes de la teoría crítica, Young lo denunciaba, por mucho que los nuevos teóricos de la desviación hablaran de la diversidad y de la divergencia en la sociedad, no había razón para deplorar la existencia real ineluctable de un considerable consenso sobre ciertos asuntos. Esto era particularmente digno de atención, además, en la reacción social amplia y uniformemente opuesta a ciertas formas de desviación (y especialmente respecto a los crímenes contra las personas y algunos crímenes contra la propiedad.
Dentro de las corrientes de la criminología crítica, el neorrealismo de izquierda ha señalado, no sólo por parte de Young sino por varios de sus representantes, v. gr., J. Lea que el delito constituye un problema real y que así lo concibe la gente o la cultura popular; ésta se halla de acuerdo y sostiene los valores tipificados en el Código Penal, al menos, en términos generales.
Así, sin abandonar la opinión de que el delito es consecuencia o expresión, en gran parte, de una injusticia estructural del sistema capitalista, los criminólogos neorrealistas han llamado la atención sobre el romanticismo de los críticos a los que atribuyen confundir la realidad con la fantasía.
Por otra parte, los neorrealistas de izquierda observaron que la criminología crítica debía regresar al análisis de las causas del delito y que no era posible seguir sosteniendo que aquél era sólo consecuencia de las condiciones económicas en que vivía la población en una sociedad capitalista, ya que las estadísticas demostraban que ni el grado de pobreza ni ésta eran factor único de la génesis delictual así como que la criminalidad, aun la meramente económica, obedecía a múltiples factores, v. gr., el deseo en sí de los bienes.
Los criminólogos críticos, al tener que enfrentar tales observaciones, han pretendido que el delito carece de sustancia ontológica. Pero, en el campo de la conducta humana social, que es un fenómeno susceptible de estudio no únicamente empírico sino, incluso, experimental, como lo han demostrado múltiples disciplinas biológicas, psicológicas y sociológicas, hoy integradas holísticamente, como lo demuestran las actuales investigaciones sobre el aprendizaje, no es posible escindir lo biológico de lo social y cultural.

Con palabras de nuestra época procede afirmar que los conceptos ente ideal, ente natural son complementarios. Es que resulta tan absurdo negar los planos somático y mesológico del concepto como el conceptual de la naturaleza y el soma: el hecho psicofísico (cultural y natural) y la valoración normativa del mismo (axiología), constituyen dos caras de un mismo proceso-existencia cuya dialéctica se expresa como lo que es, siendo valorado normativamente.
Se dijo también, que las normas, como los juicios de reproche, están fatalmente destinados a ser una abstracción singularizada. Sin abstracción y universalidad no hay concepto ni comunicación posible; sin embargo, sin un existente, en quien deberán singularizarse, no hay norma alguna.
No hay normas sino en el tiempo existencial de la conducta, con su natural basamento biológico para el almacenamiento, análisis significativo y programación conductual bioaxio-normativa, siempre sujeto a leyes que la explican; y es en ese tiempo-existencia donde ocurren, sin discontinuidad alguna, la singularización de toda abstracción y la abstracción de toda singularización.
Como puede advertirse de lo expuesto, siendo el delito un “fenómeno de conducta” y no una fantasía ni una abstracción, y, como tal, una manifestación observable, en relación con las variables independientes de las que es función, tiene una inequívoca realidad ontológica, y más aún ontoaxiológica; ello es así, pese a que los críticos le nieguen tal existencia ontológica.
Así se explica que del estudio científico de la conducta humana social, y por tanto también de la delictiva, hayan surgido múltiples “leyes explicativas” y “leyes predictivas”, tales como las de los efectos del refuerzo positivo y del refuerzo negativo en los aprendizajes operante y respondiente; del refuerzo por razón fija y por razón variable; de las capacidades del aprendizaje, según diversidad bioquímico-cerebrales y también genéticas; de la incidencia de la expectancia biopsicosocial y del registro de los respectivas conductas reductoras sobre la frustración; de las cataxias, del incentivo socio interactivo, de la habituación, de la agresión, etc.
De allí que se entienda fácilmente por qué los criminólogos críticos han sido acusados desde diversos sectores, y en particular dentro de sus propias vertientes, v.gr., los neorrealistas, de no separar o distinguir entre la fantasía y la realidad quedando, así encerrados en el campo del romanticismo. Y de allí también que dicho campo haya sido considerado como completamente virgen (lo que hay al lado no es un jardín infantil).
Es posible, y hasta es conveniente investigar, desde el ámbito criminológico y en relación con cualquier sociedad jurídicamente organizada, sea en uno u otro estado, bajo una u otra orientación religiosa, frente a una u otra alineación económico-política, etc. Cuáles son o han sido las probables causas que dan o han dado lugar a los procesos de desintegración de su original y respectivo universo sociocultural, pero ello no implica que sea posible cuestionar ideológicamente ese universo bioaxiológico sociocultural dentro del campo de la criminología, en tanto dicho universo constituye el marco pluri-grupal preexistente de valores, significaciones y normas compartidas que le presupuestan, sin salirse al mismo tiempo de la propia esfera de aquélla, que debe hallarse dirigida a los estudios científicos del delito, esto es, a los fenómenos de conducta criminal o penalmente significativos.
Es por ello que, independientemente de los gustos sociopolíticos que puedan sostener en cualquier momento estudiosos o grupos uní vinculados que se alcen contra los valores centrales como una nueva propuesta, el proceso de integración o desintegración de cualquier universo sociocultural atenderá, fundamental y prioritariamente, a la dinamogénesis de afirmación o disolución de la cohesión estructural entre las normas jurídicas, de señalización clásica, y la conducta que se va emitiendo en mayor o menor grado de correspondencia con dichas normas; ello acaece según leyes de aprendizaje sociocultural. Aprendizaje de individuos y grupos seguirá las mismas leyes conductuales en un régimen monárquico que en uno republicano, bajo una ideología marxista que bajo una liberal, etc. Y esto es fundamental, a la hora de juzgar la pretendida seriedad científica de las teorías contemporáneas discursivas o socio-políticamente comprometidas.
Es por ello que si se quiere prevenir el proceso de desintegración cultural, sin interesar los contenidos ideológicos sobre los cuales recae, “la prevención debe tratar que aquello que se discrimina a través de los vehículos (libros, enseñanza verbal, etc.), de la conducta de otros sujetos (señalización del aprendizaje clásico) y de los efectos de la propia conducta (señalización del aprendizaje operante) guarde una correspondencia reforzante.
En síntesis, las consecuencias propias de las crisis de condicionamiento institucional; de la contradicción normativa; de la ambivalencia en las conductas de aprobación y desaprobación comunitaria y oficial, etc., son idénticas sea en uno, sea en otro de los posibles sistemas e ideologías de poder.
Si la criminología crítica se hubiese propuesto sólo conocer y señalar los procesos de formación de la cultura ideológica, en uno u otro Estado, o aun de la congruencia o incongruencia e integración o desintegración entre ésta y la conducta efectivamente emitida (cultura conductivista), nada podría objetarse a ello; es más, hoy hubiese podido esa escuela ofrecer un interesante aporte sociológico respecto de las causas por las que se integran los individuos y grupos en sociedades jurídicamente organizadas como raíces dentro de su interacción y de sus grupos.
Pero como esos procesos ocurren por causa de la continua interacción histórica o temporal de los individuos y grupos, la cultura ideológica superior, suprema o perfecta, no puede ser otra que la que esos mismos grupos o individuos alcancen, por sí; he allí la razón por la cual, aun como teoría no criminológica, la criminología crítica jamás puede decidir ni imponer ideologías por vía de una arbitraria decisión unilateral de las minorías intelectuales: ello no pasa de ser, en la mejor de las hipótesis, una actitud meramente quijotesca. Tampoco puede teoría o pensamiento alguno, salvo haciéndose carne en los individuos o grupos uni y multivinculados reales, controlar eventualmente al poder; ello, ya que carece de la realidad propia de la cultura conductivista de control.
Salvo que se pase del pensamiento a la acción de fuerza, y se imponga por dicha vía la cultura minoritaria ideológica, el curso histórico de tales procesos únicamente nace a través de la interacción (ideológico-conductivista) de los individuos y de los grupos sociales.
La criminología crítica partió de un doble vicio inicial: el de la confusión entre “integración” e “interacción” y el de la errónea concepción antitética del presunto interaccionismo “individuo-sociedad”.
Cualquiera que sea el ejemplo que escojamos de antinomia entre el individuo y la sociedad, hallaremos que no se trata de un conflicto de un individuo con toda la sociedad, sino más bien de un conflicto de individuos con individuos o de grupo entre sí. En lugar de la ficticia relación unilateral, individuo y sociedad, tendremos una relación multilínea de individuos con individuos, facciones con facciones, grupos con grupos. Todas las efusiones dramáticas concernientes a la tiranía de la sociedad sobre el individuo y las relativas al despotismo del individuo sobre la sociedad pertenecen al reino de la poseía y no a la ciencia social. La señalada confusión ha estado presente entre los funcionalistas seguido por teóricos de la criminología crítica, para quienes la organización grupal solía confundirse con el conglomerado grupal.
Esta errónea y lineal o simplista interpretación de la dinamogénesis fenoménica sociocultural ya había sido claramente advertida por Sorokin, con cuyos conceptos aquí escogidos dan fín a este tratamiento: En todo momento histórico hallaremos solidaridades y antagonismos entre diversos estratos de un mismo grupo, como, por ejemplo, entre Estados diferentes o diferentes grupos laborales; finalmente entre diferentes grupos: los estatales y los religiosos, las nacionalidades y las clases sociales, los grupos raciales y los económicos, etc. El campo de batalla de la historia es el terreno en que muchas líneas frontales se extienden en diferentes direcciones, cruzándose y superponiéndose con sus respectivos ejércitos, cada uno de los cuales se muestra solidario con otros ejércitos determinados y opuesto a los otros; con antagonismo y solidaridades que cambian continuamente. Ahora bien, de tanto en tanto, entre la multitud de las líneas del frente y los ejércitos de los estratos y grupos, ocurre que alguno de los frentes mencionados pasa a ser el principal en una población dada, produciéndose entonces alianzas y solidaridades entre los estamentos, las castas, entre los grupos religiosos, entre las clases sociales o entre otros grupos dominantes (en el sentido del término anteriormente expuesto). En estas sociedades y períodos, la mayoría de las líneas restantes frontales se tornan secundarias, tendiendo a colocarse al nivel de los ejércitos principales de los grupos dominantes. Pero con el transcurso del tiempo, tanto la línea frontal como los principales ejércitos de un período determinado se desvanecen, siendo reemplazados por una nueva línea de frente. El proceso real histórico se halla determinado en un momento dado por la resultante neta del conjunto de actividades de todos los principales grupos uni y multivinculados y de los estratos, con sus solidaridades y antagonismo, sus luchas y sus alianzas. Ninguno de nuestros importantes grupos uni y multivinculado puede ser excluido de las fuerzas que modelan los procesos históricos y socioculturales, en lo que se refiere a los procesos históricos que abarcan a la humanidad en su conjunto. Sólo con referencia a un área local restringida y para períodos en que un grupo determinado no existe o es todavía ineficaz, podría ser excluido éste. Desde este punto de vista ninguno de dichos grupos puede ser excluido de los importantes ejércitos históricos determinantes de su curso y sus acontecimientos.
A la luz de estos hechos se hace patente el error de muchas teorías interlineales que se refieren a la diferenciación y estratificación social, a las solidaridades y a los antagonismos, a la vez que a los g4rupos que forjan el curso de la historia. Las teorías racistas que ven y acentúan la diferenciación y estratificación de la humanidad como determinada por líneas raciales, enfocando primordialmente el proceso histórico como una lucha interracial, incurren en un grave error. No menos erróneas son las teorías de Marx y Engels, al reducir la estratificación multilineal, así como la diferenciación, a una línea recta principal, considerando el proceso histórico como resultante de la lucha de clases. Lo mismo se ha dicho ya de todas las numerosas teorías que sólo contemplan una línea de diferenciación y de estratificación, de solidaridades y antagonismos, ya sea dentro de grupos estatales, religiosos, laborales o económicos, como en las castas o formaciones familiares.
Todas ellas son enteramente unilaterales e inadecuadas. Su tentativa para explicar el curso de los procesos históricos socioculturales como una consecuencia de las actividades de sus grupos predilectos ha resultado siempre errónea y se halla condenada al fracaso.-

EL ABOLICIONISMO
Y EL ABOLICIONISMO RADICAL
El abolicionismo crítico, al igual que el derecho penal mínimo, o el Minimalismo, y el neorrealismo de izquierda, constituye, una de las tendencias o corrientes de la criminología crítica; ella expone, precisamente, una modalidad o perspectiva político criminal de tipo crítico.
No ha de extrañar, entonces, hallar en el abolicionismo el rasgo común de crítica al sistema penal tradicional.

La señalada crítica tiene por objeto de estudio, así, el propio sistema punitivo, cuya abolición procura; ello, según diversas propuestas.
Los autores están de acuerdo en distinguir, en general, tres corrientes o movimientos agrupables dentro de las llamadas teorías o propuestas abolicionistas:
1) La del abolicionismo penal radical, liderada por Louk Hulsman;
2) La del abolicionismo institucional, cuyo principal representante es Thomas Mathiensen;
3) La del derecho penal mínimo, defendida entre otros por Luigi Ferrajoli.
El abolicionismo radical llega mucho más lejos que las otras dos corrientes antes mencionadas; ello, ya que propone lisa y llanamente la eliminación misma del sistema penal;
El abolicionismo institucional, solo pretende la supresión de las cárceles y de los demás centros segrega torios;
El derecho Penal mínimo a su vez, sostiene finalmente la restricción del área de Criminalización.
El abolicionismo, es producto de la misma política contracultural de los años sesenta que dio origen al radicalismo cultural de la teoría del etiquetamiento y al radicalismo político de la nueva criminología y de la criminología crítica, proponiendo, incluso el abandono de la política criminal y de la criminología.

DIETA Y AGRESIVIDAD

DIETA Y AGRESIVIDAD.
Algunos investigadores han estudiado la influencia que puede tener la alimentación en la conducta en general y sobre la conducta delictiva o agresiva, en particular (Glick, 1995). Estos investigadores han sido tanto criminólogos como dietistas. Se ha encontrado que existe una especial influencia de algunos alimentos sobre la conducta, que se puede manifestar en forma de desórdenes conductuales o de reacciones alérgicas que pueden dar lugar a desórdenes conductuales. Tal es el caso del pan de trigo, los huevos, la leche, el pescado, ciertos tipos de carne, el maíz, el cacao, el azúcar, los colorantes y conservantes, algunos componentes del queso y del vino, algunos componentes del chocolate (la feniletilamina) y algunos componentes de la cafeína. Todos ellos pueden tener un efecto sobre la conducta, de manera que dietas ricas en estos productos pueden favorecer un aumento de la agresividad.

Existen varias hipótesis para explicar la relación entre estos componentes y la conducta agresiva (Curran y Renzetti, 1994). Una de ellas es que algunos de estos productos como los huevos, el pescado, o ciertos tipos de carne, contienen algunos aminoácidos necesarios para la producción biológica de tres tipos de neurotransmisores nerviosos –la serotonima, la dopamina y la noradrenalina- que participan en la inhibición de los comportamiento agresivos. Por tanto, la carencia de estos productos alimenticios podría facilitar indirectamente una menor producción de las sustancias inhibidoras y, consecuentemente, una mayor agresividad. Una segunda hipótesis ha relacionado el consumo de carbohidratos refinados (que se hallan en las comidas y bebidas azucaradas) con la hipoglucemia, entre cuyos síntomas se encuentran el nerviosismo, la depresión y las conductas destructivas (Adler, Mueller y Laufer, 1995; 98 y; 99). Por último, se ha argumentado la posible relación que existe entre el consumo de ciertos productos como los colorantes y los aditivos, los carbohidratos refinados (que pueden contener sustancias tóxicas como plomo o cadmio), la cafeína y feniletilamina (que se halla en el chocolate), o ciertas deficiencias vitamínicas, con la generación de procesos alérgicos que pueden resultar en comportamientos de hiperactividad, hostilidad y agresividad.

Schoenthaler y Doraz (1983) desarrollaron un programa dietético con 276 delincuentes juveniles institucionalizados destinado a reducir su agresividad. En concreto se analizó la relación existente entre el consumo de azúcar y la conducta agresiva dentro de la institución. Como intervención se reemplazaron las bebidas con una alta concentración en sacarosa y aditivos por zumos de frutas naturales –que son bebidas sin esa concentración, y los cereales altos en azúcar fueron también sustituidos en la diete habitual de los jóvenes por cereales bajos en azúcar. Asimismo se reemplazó el azúcar de mesa 8para edulcorar el café y otras bebidas o alimentos) por miel. Como principal resultado, durante una evaluación de un año, se observó una sustancial reducción de un 45% en las acciones disciplinarias de los jóvenes, como robos, peleas y agresiones. Posteriormente, Shoenthaler (1983) extendió el mismo programa a nueva instituciones juveniles de diversos estados norteamericanos, abarcando a 5,000 delincuentes, con semejantes efectos: se produjeron reducciones de los problemas disciplinarios entre un 21% y un 54%, simultáneas al cambio de dietas.
Ha habido otros investigadores (Mawon y Jacobs, citados por Glick, 1995) que, a partir de un análisis transcultural de las cifras de criminalidad, han afirmado que aquellos países que tienen dietas ricas en maíz –como son EE.UU. Canadá y los países de Latinoamérica- que son dietas deficientes en algunos importantes aminoácidos, tienen tasas de homicidio más elevadas que los países con dietas ricas en trigo o arroz (países mediterráneos y orientales), más abundantes en esos mismos aminoácidos.

También se han efectuado estudios sobre la influencia conductual de diversos tipos de vitaminas que han llevado a la conclusión que una insuficiencia de las vitaminas del tipo B –concretamente la B3 y la B6- se asocia con conducta antisocial (Glick, 1995).

Todas estas investigaciones, sin embargo, no ofrecen resultados concluyentes. Existen todavía muy pocos estudios que hayan analizado la relación entre dieta y agresividad, y éste puede ser considerado más bien un campo de estudio apenas iniciado. Además, es evidente que lo que verdaderamente se analiza en estas investigaciones es la relación entre tendencias agresivas y violentas y alimentación, pero no su relación directa con el comportamiento delictivo. Así, en instituciones de jóvenes, se ha apreciado que a partir de una alimentación diferente la conducta violenta dentro de la institución variaba, pero ello no permite afirmar lo mismo en relación con la conducta delictiva en libertad. Otra crítica que se ha hecho a estos estudios es que todos los programas basados en intervenciones dietéticas tienen medidas estadísticas muy pobres. No informan de otros factores que podrían estar vinculados al proceso de intervención dietética. Quizá el resultado de un menor número de incidentes se deba a que ha cambiado el director de la cárcel u otros factores sociales y organizativos vinculados y no al hecho de haber variado la dieta alimenticia. Sin embargo, ni esos ni otros detalles que no tienen que ver con la alimentación suelen ser consignados en los informes de investigación.

CORRELATOS PSICOFISIOLÓGICOS
Las variables psicofisiológicas son índices cuantificables del funcionamiento del sistema nervioso, e incluyen aspectos como la tasa cardíaca, la presión sanguínea, la conductancia de la piel a los estímulos eléctricos (también llamada respuesta psicogalvánica), las ondas cerebrales y los niveles de atención y de activación del sistema nervioso. Estas medidas reflejan directamente los estados emocionales.
La revisión de Fischbein (1996 34-35) indica que los estudios han hallado repetidamente la existencia de una evidencia psicofisiológica denotadota de una perturbación en el funcionamiento del sistema nervioso central, la cual puede relacionarse con la conducta antisocial. Una parte de la investigación se ha centrado en el análisis diferencial de los psicópatas. Los psicópatas –caracterizados según los trabajos clásicos de Ckeckley (1976), por ser poco emocionales, impulsivos, irresponsables y buscadores de sensaciones – han mostrado repetidamente que tienen unos bajos niveles de ansiedad cuando son sometidos a eventos estresantes (Revisión en Garrido, 1984 y la obra fundamental de Hare y Schalling, 1978). En particular, los psicópatas difieren de los sujetos control (no psicópatas) en los siguientes parámetros fisiológicos:
a) Diferencias en el electroencefalograma (EEG);
b) Desajustes cognitivos y neuropsicológicos y;
c) Respuestas electrotérmicas, cardiovasculares y otras;
Por lo que respecta al análisis del EEG, los psicópatas manifiestan una mayor actividad de ondas cerebrales lentas, lo que puede estar relacionado con una serie de perturbaciones cognitivas, quizás un retraso madurativo en el funcionamiento cerebral, especialmente en aquellos sujetos cuya mayor actividad de ondas lentas coexiste con grandes dificultades para aprender de la experiencia.

Esta peculiaridad en el ritmo de la estimulación cerebral evaluada por el EEG es consistente con los hallazgos que revelan que los psicópatas también manifiestan un sistema nervioso autónomo (SNA) menos estimulado que los no psicópatas, tal y como se mide por indicadores como la respuesta psicogalvánica y la presión arterial. En efecto, cuando el SNA tiene un bajo nivel de activación, aumenta la necesidad de recibir estimulación del exterior, lo que provoca el típico patrón de conducta de “búsqueda de sensaciones” concretado en actos de riesgo, de aventura y de excitación, entre los que se halla el delito y el consumo de drogas. Esta condición se presenta en muchos niños diagnosticados de hiperactivos, lo que explica el que muchos psicópatas hayan sido diagnosticados de esta forma en su niñez. (Wilson y Herrnstein, 1985)

El asunto se complica todavía más para los psicópatas, porque ese bajo nivel de activación del Sistema nervioso autónomo, provoca ansiedad, y si un sujeto ha experimentado una o varias veces un determinado castigo por haber realizado una transgresión, la activación condicionada del SNA tenderá a avisarle de que no debe de volver a realizarlo. Pero si los psicópatas tienen niveles bajos de activación del SNA, se desprende de esto que condicionarán mal, y en su toma de decisiones los beneficios derivados del delito serán superiores a los costos (es decir, la ansiedad derivada por la aprehensión).

SOCIOBIOLOGÍA Y AGRESIÓN
Sociobiología es un término acuñado por Edward O. Wilson en un libro homónimo publicado originariamente en 1975, y en su edición castellana en 1980. en él compendia un conjunto amplísimo de investigaciones, realizadas durante décadas, que analizan la relación existente en diversas especies animales y también en el hombre entre Biología y conducta social, con especial atención al comportamiento agresivo. Wilson (1980) define la sociobiología como el estudio de los fundamentos biológicos de la conducta social. Al poner en relación unas especies con otras se constata que muchos comportamientos presentan una cierta continuidad a lo largo de las distintas especies. El hombre ha evolucionado a partir de especies inferiores, de modo que su comportamiento también está claramente influido por su biología
Comúnmente, la agresión suele concebirse como la merma de derechos que unos individuos producen a otros al obligarlos a renunciar a aquello que poseen, ya sea mediante actos físicos o a través de la amenaza. Wilson matiza esta concepción, afirmando (Honrad Lorenz) que lo que llamamos agresión no es una conducta única, sino una serie de conductas muy diversas que tienen funciones distintas. En base a estas diversas funciones, Wilson analiza cuáles son las principales formas de agresión que aparecen en la naturaleza y las clasifica en seis tipos (Alcázar, Córcoles y Gómez Jarabe, 1997):
1. Existe un tipo de agresión que se puede denominar territorial y que consiste en que unos animales agraden a otros, que muchas veces son depredadores porque pretenden alejarlos del territorio que ellos ocupan.
2. Otro tipo de agresión es la de dominación mediante la cual los animales intentan excluir a otros animales de la misma especie de los objetos deseados, exigiendo su propia prioridad sobre dichos objetos.
3. Una forma de agresión diferente es la sexual en la cual los machos de distintas especies amenazan o atacan a las hembras ya sea para aparearse con ellas o para mantenerlas en alianza sexual duradera 8es decir, para evitar que se apareen con otros machos.
4. La agresión disciplinaria de los padres se da en todas las especies, especialmente en las más desarrolladas, y consiste en formas suaves de comportamiento agresivos que emiten los progenitores con las finalidades de mantener próxima a la prole, moverla de un sitio a otro cuando hay peligro o evitar la lucha entre los cachorros. Aunque en apariencia se trata de conductas agresivas, desde el punto de vista biológico estos comportamientos mejoran la eficacia de la especie ya que permiten que sobrevivan más individuos, al evitar que se expongan a ciertos riesgos y que se dañen unos a otros. Cumplen, por tanto, una función adaptativa para la especie.
5. La agresión moralizadora expropia de las especies superiores y naturalmente del hombre. Puede observarse también en los primates y en otrs especies más evolucionadas. Incluye aquellas formas avanzadas de altruismo donde lo que se producen son sanciones morales, como por ejemplo la exclusión del grupo de aquellos individuos que se comportan violentamente o no colaboran en la preservación del grupo. Estas conductas agresivas refuerzan la conformidad de los individuos.
6. Y por último, están las agresiones de los depredadores de otras especies y las agresiones antidepredatorias. Estas conductas agresivas observadas en los animales presentan un menor interés criminológico ya que, como es obvio, su finalidad es la supervivencia y guardan poca relación con la criminalidad humana.

La agresión a diferencia de otros mecanismos biológicos –como, por ejemplo, los latidos del corazón o la respiración-, no tiene un carácter continuo. Se trata más bien de una predisposición genética preparada para desencadenarse cuando sea necesaria. En los seres vivos existe una dimensión agresiva, que se manifiesta en forma de comportamiento agresivo si reproduce una estimulación precipitadota.-

Según la investigación sociobiológica, las situaciones que con mayor frecuencia precipitan la agresión en todas las especies son las siguientes:
a- Los encuentros fuera del grupo: la presencia de un extraño puede ser un desencadenante de agresión en la mayoría de las especies, incluido el hombre.
b- El alimento. La falta de alimento, e incluso a veces su abundancia. Por ejemplo, si está amontonado y es susceptible de ser defendido. Puede provocar agresiones. Si un animal de cualquier especie encuentra alimento que él necesita y este alimento se halla amontonado (no disperso), lo que facilita que pueda cogerlo para él, se lo apropiará, y si alguien intenta quitárselo es muy probable que lo agreda. Un patrón de comportamiento semejante se produce también en los seres humanos, en algunas conductas de robo y otros comportamientos acumulativos.
c- La aglomeración. Cuando los animales se mueven con proximidad entre ellos, aumentado su densidad y masificación, la agresión crece de manera exponencial. Incluso, a igual densidad poblacional pero unida a una reducción del espacio total por el que pueden desplazarse los animales, aumentan las conductas agresivas. Esta constatación tiene evidentes implicaciones para la Criminología. Un ejemplo de ello puede hallarse en el aumento de violencia producido en una institución cerrada, en las que se opera una drástica reducción del espacio vital de los individuos.
De igual forma deberá de tenerse presente los desplazamientos de los millones de animales en el África Central, en búsqueda de nuevas pasturas mucho más frescas y los cuales están sujetas al ciclo invernal y la búsqueda de las lluvias de la época húmeda del lugar. Cuando las manadas de animales migratorias se acercan a las riveras de los ríos que dividen los territorios, y tienen la necesidad de desplazarse a los pastizales más frescos y recién crecidos, se puede apreciar el cambio de comportamiento de los animales, tanto de aquellos que esperan las migraciones como oportunidad de caza, como todos aquellos que tienen que atravesar las márgenes del río.
Los lugares de paso se escasean y todos tratan de pasar por uno o dos puntos donde es posible hacerlo. Lo cual produce una concentración de animales en pocos puntos del río. La concentración de individuos en unos cuantos puntos, provoca una serie de incidentes que son aprovechados por los depredadores de éstos, e igualmente se producen una serie de incidentes donde los más débiles no llegan a sobrevivir a la travesía.

d- El cambio estacional. Las estaciones hacen que se precipiten los ciclos biológicos de los animales, como por ejemplo las épocas de celo. Estos cambios pueden detonar también ciertas formas de agresión.

La sociobiología sugiere que podemos mejorar nuestra comprensión del comportamiento humano a partir del estudio de la conducta de los animales, de cuyo reino también nosotros formamos parte. Se podrá encontrar sugerentes paralelismos entre algunas de las formas de agresión animal a las se ha referido el párrafo: Territorial, de dominación, sexual y disciplinaria y, ciertos comportamientos delictivos humanos, entre los que se incluyen las agresiones defensivas, el homicidio, la violación y el maltrato infantil. De igual manera, como acontece entre los animales, existen algunas situaciones que hacen más probable la presión humana, entre las que se hallan el encuentro con desconocidos, la presencia de bienes atractivos y la densidad poblacional. Aunque el análisis filogenético del comportamiento agresivo constituye una línea de investigación todavía reciente, se esta convencido de que los conocimientos sociobiológicos serán de gran ayuda para el estudio criminológico en el futuro.
LA AGRESIÓN HUMANA

Muchas teorías criminológicas parten del supuesto de que la agresión humana constituye una conducta no adaptativa o contraria a la naturaleza. Wilson (1980) afirma el autor que, desde una perspectiva biológica el comportamiento agresivo es adaptativo: “Cuesta creer que cualquier característica tan extendida y fácilmente invocada en una especie como el comportamiento agresivo lo es en el hombre, pueda ser neutra o negativa en cuanto a sus efectos sobre la supervivencia del individuo y sobre la reproducción, que son los dos principales motores de adaptación de las especies.
Biológicamente son erróneas, según Wilson, las dos perspectivas opuestas que contemplan la agresividad humana en un sentido extremo. Una de ellas atribuiría a la agresión humana un cariz sanguinario, cuya máxima expresión serían las tendencias del hombre a matar a sus semejantes. La perspectiva contraria plantearía la agresividad humana solamente como la expresión de una neurosis o como una respuesta no adaptativa propiciada por circunstancias anormales. Wilson descarta ambos extremos: Los humanos no son seres sanguinarios pero manifiestan conductas agresivas que van más allá de las neurosis obsesivas. Él entiende que la agresividad es un comportamiento adaptativo, programado para aumentar la supervivencia y la reproducción de los individuos en situaciones de tensión. En condiciones ambientales adversas la agresividad permite, por un lado, la supervivencia del individuo y, por otro, la continuación de la especie.

Ahora bien, las respuestas agresivas varían según los momentos y las situaciones. En todas las especies lo que heredan los individuos es una tendencia o una secuencia completa de respuestas: la capacidad de responder a la tensión mediante agresión. Sin embargo, las respuestas agresivas específicas, como por ejemplo la delincuencia, no se heredan. Lo que se transmite es una dimensión de pautas agresivas, de reacción ante los problemas, que es lo que ha sido seleccionado por la evolución. Que estas pautas se precipiten en mayor o menor grado y que algunos comportamientos agresivos de humanos acaben siendo delitos no es algo hereditario, sino un producto de la interacción entre el individuo y un contexto concreto.
Aunque desde la perspectiva humana la agresión comporta infelicidad para las víctimas y, en muchos casos, para los propios agresores, según Wilson “la lección para el hombre es que la felicidad personal tiene muy poco que hacer en todo esto. Es posible ser muy desdichado y muy adaptativo”.

Uno de los factores que precipita la agresión es la aglomeración. La existencia de un gran número de individuos en el mismo espacio es un desencadenante de conductas agresivas. Esta constatación sociobiológica coincide plenamente con la observación de la escuela de Chicago acerca de la génesis de la agresión en las ciudades, en donde se produce una alta densidad de personas. Wilson mantiene que un modo de disminuir la agresión en la especie humana sería diseñar densidades geográficas y ambientes sociales menos aglomerados. Sin embargo, las modernas sociedades evolucionan al revés de lo que, de acuerdo con la investigación, sería más conveniente en términos criminológicos.

En síntesis, de acuerdo con la investigación sociobiológica el comportamiento agresivo no es una regla universal de conducta ni en los humanos ni en el resto de las especies animales. Se trataría más bien de una característica universal y heredada que prepara a los individuos para afrontar determinadas situaciones y que, en los humanos, requiere de un detonante externo para precipitarse en forma de comportamiento delictivo. A la luz del conocimiento psicobiológico actual puede concluirse lo siguiente:
a) La agresión juega, en general, un papel adaptativo del individuo y de la especie.
b) Es indudable la participación genética como factor pre-disposicional para la mayor o menor agresividad.
c) Las tendencias agresivas tienen un importante sustrato psicobiológico, en cuya regulación intervienen zonas subcorticales y corticales del cerebro.
d) La actividad endocrina y neurotransmisora tiene una función moduladora de las respuestas agresivas.
e) Debe concluirse que todos estos sustratos psicobiológicos operan en interacción con el medio social del individuo, que acaba siendo el auténtico desencadenante de las manifestaciones agresivas concretas.

LA REALIDAD CRIMINOLÓGICA
El “asesinato” en los animales y en el hombre (Wilson, 1980, Sociobiología Pág. 256)
Las pruebas relativas al asesinato y canibalismo en mamíferos y otros vertebrados se han acumulado en la actualidad hasta tal punto, que debemos invertir por completo las conclusiones avanzadas por Honrad Lorenz en su libro Sobre la Agresión, lo que han empezado a consolidar famosos escritores como parte de la sabiduría convencional. Lorenz escribió: “Aunque ocasionalmente en las peleas territoriales o de antagonismo, por azar un cuerno puede penetrar en un ojo o un diente en una arteria, nunca hemos llegado a la conclusión de que el ánimo de la agresión fuera el exterminio de los conféneres en cuestión”. Por el contrario, el asesinato es mucho más común, y por tanto “normal”, en muchas más especies de vertebrados que en el hombre. Estoy impresionado por cómo semejante comportamiento se hace más aparente cuando el tiempo de observación dedicado a la especie rebasa el límite de las mil horas. Pero sólo un asesinato por mil horas y por observador sigue siendo un canon demasiado alto de violencia para las reglas humanas. De hecho, si algún biólogo marciano visitara la Tierra consideraría al hombre simplemente como una especie más durante un largo período de tiempo, y podría llegar a la conclusión de qu4e nos hallamos entre los mamíferos más pacíficos, midiendo la cuestión con unidades de asaltos graves o asesinatos, por individuo y por unidad de tiempo, incluso en el caso de que nuestras guerras episódicas fueran incluidas en el promedio. Si los visitantes debieran limitarse a las 2,900 horas de George Shaller, y a una población humana elegida al azar comparable en cuanto a tamaño a la de leones del Serengeti, tomando uno de los estudios de campo más exhaustivos publicados hasta la fecha, probablemente no vería nada más que alguna lucha por mero juego, casi totalmente limitada a los jóvenes, y algún intercambio verbal enojado entre dos o más adultos. Incidentalmente, otra apreciada noción de nuestra malignidad que empieza a desmenuzarse, es que sólo el hombre mata más presas de las que necesita para comer. Los leones del Serengeti al igual que las hienas descritas por Hans Kruuk, matan a veces desenfrenadamente en el caso de que sea conveniente para ellos el hacerlo así. Schaller llega a la siguiente conclusión: “Los sistemas de caza y muerte de los leones pudieran funcionar independientemente de su apetito”.
No existe una regla universal de conducta en cuanto a los comportamientos competitivos y depredadores, que no sea la existencia de un instinto universal agresivo, y por algún motivo. Las especies son totalmente oportunistas. Sus formas de conducta no se adaptan a ninguna restricción general innata, pero está guiadas, al igual que todos los demás rasgos biológicos, únicamente por lo que resulta ser ventajoso en el transcurso de un período de tiempo suficiente como para que haya evolución. Así pues, si para los individuos de una especie dada es temporalmente ventajoso el ser caníbales, existe al menos una posibilidad moderada de que la especie entera evolucione hacia el canibalismo.

La historia de la criminología positivista nos recuerda que hemos de realizar un esfuerzo permanente por mantener el rigor en las preguntas que formulamos y en las respuestas que pretendemos encontrar. Las medidas para paliar la delincuencia deben basarse en el respeto a los hechos y en las necesidades de los hombres y de las mujeres en una cultura dada.
Las explicaciones simplistas suelen ser poco fiables, lo que no impide que intentemos, en la medida de lo posible, alcanzar un alto grado de parsimonía. Por ejemplo, está demostrado que hay un potencial agresivo innato en el ser humano, especialmente en el varón; no hay nada malo en reconocer que una de nuestras metas preferentes ha de ser canalizar esa energía hacia fines prosociales. La biología nos ayuda a comprender mejor cómo funciona una parte de este complejo proceso de agresión con el que nacemos y al que vamos orientando a través de nuestra cultura.
La investigación apoya la idea de que una parte de la predisposición a cometer delitos es heredada. Pero esto sólo es una acicate para exigir mayores esfuerzos preventivos en personas que provienen de unos ambientes donde la herencia y (usualmente) el medio contenía dosis de violencia relevantes. Del mismo modo que ciertas personas sobre las que pesa un riesgo de desarrollar una patología han de ser sometidos a cuidados preventivos. Esta prevención, en delincuencia, no es una cuestión de “vigilar por sí acaso”, sino de “educar más y mejor por si acaso”.

En diferentes centros de reclusión penitenciaria en América Latina, se ha tomado la modalidad de bañar las verduras y la carne previamente al cocimiento de los alimentos de los internos, con una cantidad considerable de Yodo. Se aplica, principalmente en todos aquellos que llevan un cocimiento a base de fuego. Se pretende con ello disminuir el apetito sexual de los propios internos. Supuestamente ha sido lo suficientemente efectiva la aplicación de yodo en los alimentos, con lo cual han logrado evitar que se produzcan las constantes violaciones entre ellos .-

PREDISPOSICIONES AGRESIVAS

LAS PREDISPOSICIONES AGRESIVAS

CONCEPTOS FUNDAMENTALES:
La reflexión de los autores de la obra, hacen referencia que el estudio de las predisposiciones agresivas que pueden favorecer el comportamiento delictivo incluye un amplio conjunto de investigaciones muy heterogéneas tales como el análisis de los rasgos físicos de los delincuentes, estudios de la delincuencia en determinadas familias, en muestras de hermanos gemelos y de hijos adoptivos, estudios genéticos, el análisis de la influencia de la alimentación sobre el comportamiento, o los modernos estudios de sociobiología sobre los fundamentos biológicos de la agresividad. Todas estas investigaciones comparten una serie de elementos comunes:

1. En su base se hallan los presupuestos de la teoría de la evolución de Darwin, algunos de cuyos postulados principales son los siguientes:
. Todas las especies animales, incluida la especie humana, han evolucionado unas de otras, como resultado del proceso de adaptación.
. El comportamiento animal, al igual que otras características orgánicas –como las estructuras ósea y muscular, el sistema hormonal o el cerebro- también ha ido evolucionando desde formas más simples hacia formas más complejas. El comportamiento emocional, que incluye entre otras manifestaciones la agresividad, no sería una excepción en este proceso evolutivo.
. Todo comportamiento cumple, por tanto, una función adaptativa, en la medida en que mejora la relación de cada individuo y de la especie en su conjunto con el entorno.

¿Podría ser contrario al proceso adaptativo que regula la evolución un comportamiento, como el agresivo, que es tan frecuente en todas las especies animales?
La respuesta es no, ya que el proceso evolutivo de todas las especies ha ido seleccionando aquellas características, tanto orgánicas como de comportamiento, que eran más adaptativas al medio ambiente, y las manifestaciones agresivas no pueden constituir una excepción.

2. Se ha encontrado relación entre algunos factores biológicos y la mayor o menor tendencia a la agresividad que tienen las personas. El rasgo agresividad no implica necesariamente que se cometan delitos, pero sí la constatación de que unas personas son más propensas que otras a conducirse violentamente.

3. Estas tendencias o propensiones que muestran los seres humanos hacia la agresividad interaccionan con el ambiente social en el que viven y, como resultado de esta interacción, puede producirse o no la conducta agresiva o delictiva. En otras palabras, de acuerdo con la investigación biológica actual, no existe una delincuencia ni genética ni biológicamente determinada. Se heredan ciertas tendencias agresivas que, dependiendo de la concreta interacción entre individuos que se produzca en un ambiente determinado, pueden manifestarse en forma de comportamiento de agresión.


4. No todas las perspectivas biológicas de la delincuencia dan lugar en la actualidad a intervenciones aplicadas. Las dificultades para su utilización aplicada son debidas a dos razones principales: una de carácter práctico y otra de carácter ético. En el orden práctico, no cabe plantearse actuaciones que no son técnicamente posibles. Por ejemplo, no se puede mejorar genéticamente el comportamiento humano, ya que los conocimientos biológicos al respecto son todavía muy modestos. Pero además, aunque fuera técnicamente posible modular el comportamiento a partir de su manipulación genética, el hacerlo probablemente sería inaceptable desde un punto de vista ético.

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que ningún conocimiento de carácter biológico tenga aplicación para la Criminología. Algunos conocimientos podrían traducirse en aplicaciones interesantes. Por ejemplo, si la investigación nos permitiera concluir que ciertas dietas alimenticias favorecen las tendencias agresivas, las personas podrían evitar tales dietas, sin que ello implique, en principio, especiales problemas éticos. De la misma manera, puesto que sabemos que algunos individuos tienen mayor propensión a la violencia que otros, una detección precoz podría permitir una prevención más eficaz mediante una educación más intensiva. Que alguien muestre una mayor tendencia a la agresividad no quiere decir que no se pueda intervenir desde el punto de vista social y educativo.

ANTECEDENTES
Durante décadas lo biológico ha sido denostado en Criminología. Se llegó a equiparar el estudio de los factores biológicos con el determinismo causal de la conducta delictiva. Cualquier referencia, al hablar de delincuencia, a los componentes biológicos del ser humano fue con frecuencia peyorativamente calificada como lombrosiana e inadmisible. Una de las principales objeciones contra las perspectivas biológicas en Criminología tuvo que ver con la controversia acerca de la aplicabilidad práctica de sus resultados (Akers, 1997). Según las postras anfibiológicas más radicales, si los factores etiológicos de la delincuencia fueran de carácter genético o innato sólo sería posible o modificar tales predisposiciones mediante procedimientos farmacológicos o quirúrgicos o, alternativamente, mediante el aislamiento de los delincuentes durante largos períodos de tiempo.

Sin embargo, en la actualidad una perspectiva simplista, que niegue lo biológico, es a todas luces inaceptable en Criminología, lo mismo que lo sería en otras ciencias sociales como la psicología, la sociología o la pedagogía. El comportamiento humano, pro-social o delictivo, no se halla fatalmente determinado por el substrato biológico de las personas, pero la biología que les es inherente no puede ser frontalmente rechazada como si en verdad no existiera. Por el contrario, en Criminología son imprescindibles los conocimientos actuales sobre psicofisiología humana. Especialmente necesaria resulta la investigación sobre el funcionamiento del sistema nervioso, que media en todos y cada uno de los procesos de la conducta, de las emociones, de las cogniciones y de los aprendizajes de las personas.
Wilson (1980) y Wilson y Herrnstein (1985) han puesto de relieve la íntima vinculación existente entre las dimensiones biológica, social y conductual de los seres humanos. Estos últimos autores (Wilson y Herrnstein, 1985: 103) han concluido que “la delincuencia no puede ser comprendida sin tomar en consideración las predisposiciones individuales y sus raíces biológicas.” Ray Jeffrey (1993), criminólogo norteamericano destacado en la aproximación biológica, ha señalado que se halla abocado al fracaso cualquier enfoque criminológico que prescinda del hecho de que todo lo que hacemos, decimos, sentimos y pensamos transcurre ineludiblemente por nuestro derecho.

Informan los autores del libro que, en un reciente libro de gran éxito editorial (Inteligencia emocional), Goleman (1997) ha recogido la investigación desarrollada por Le Doux sobre el papel prominente que juegan en nuestro sistema de respuesta rápida y emocional, partes del cerebro como la amígdala. Hasta hace poco se pensaba que todos los estímulos que percibimos (en el cerebro) eran enviados al neocórtex, la parte más genuinamente humana de nuestro cerebro, desde donde, tras su procesamiento y elaboración, era ordenada una respuesta a otras partes más primitivas del cerebro y, finalmente, a los músculos para la acción. A partir de la investigación de Le Doux y de otros muchos investigadores se sabe que las cosas no funcionan exactamente así. Los estímulos ambientales que percibimos son recibidos en el tálamo, en el centro del cerebro, que efectivamente los enviará al neocórtex. Sin embargo, el tálamo mantiene también conexión directa con la amígdala, que funcionaría como una especie de centinela emocional (Goleman, 1997) capaz de producir respuestas más rápidas, aunque también menos elaboradas, a situaciones comprometidas. Un gran número de conductas humanas corresponden a situaciones de riesgo, y entre ellas se encuentran también muchos comportamientos delictivos, en los que probablemente operaría la vía directa de la amígdala. Así pues, hoy sabemos que ese pequeño núcleo nervioso de nuestro cerebro llamado amígdala juega un importante papel en nuestras reacciones emocionales inmediatas, y que no todas ellas dependen de la parte (más racional) de nuestro cerebro. ¿Cuántas acciones humanas, que acaban siendo un delito, no habrán seguido este canal primitivo de respuesta?

EL POSITIVISMO CRIMINOLÓGICO Y EL MÉTODO CIENTÍFICO

Césare Lombroso (1835 – 1909), profesor de medicina legal en la Universidad de Turín y prolífico autor interesado en la delincuencia y en temas sociales y políticos, es considerado el padre de la Criminología moderna. Su principal aportación a la Criminología fue su propuesta de aplicar el mismo método científico o positivo de las ciencias naturales (como la Física, la Botánica, la Medicina o la biología) al estudio de la criminalidad, propuesta realizada ya en la primera edición de su obra principal, L’uomo delincuente (El hombre delincuente), publicada en 1876. La recomendación de trasladar el método de las ciencias naturales a otras disciplinas no era nueva. (En 1842 Augusto Comte había planteado en su conocida obra Tours de Philosophie Positive (Curso de filosofía Positiva) la necesidad de aplicar el método positivo en la sociología. Comte proponía estudiar el comportamiento humano y la sociedad mediante la observancia, la comparación y la experimentación, al igual que se hacía en las ciencias naturales (Glick, 1995), Mientras que en 1865, el fisiólogo Claude Bernard había argumentado en su obra Introducción a la medicina experimental, la necesidad de fundamentar la medicina en la experimentación y en el determinismo científico. De igual manera, para Lombroso la observación y la medición debían constituir las estrategias habituales del conocimiento criminológico, más allá de la racionalidad y de la especulación características del mundo jurídico.

Pese a que las propuestas de Lombroso sobre el supuesto atavismo biológico de los delincuentes (a las que nos referiremos a continuación), fueron muy pronto desechadas, este autor adquirió gran prestigio y fama en la Criminología de finales del siglo XIX y principios del XX: talvez esto fue debido a su capacidad para abrir un debate científico en términos específicos (no abstractos), algo que hasta entonces había sido desconocido en Criminología. Este debate permitió tanto a sus seguidores como a sus detractores interesarse en la investigación de hipótesis concretas, surgiendo de este modo nuevos modelos explicativos a partir de la investigación de la realidad empírica. La metodología positivista iniciada por Lombroso permitió muy pronto revisar y descartar la mayor parte de sus iniciales postulados biológicos sobre la delincuencia, a la vez que esta misma metodología dio paso al interés paulatino por el estudio científico de los factores sociales (Conkin, 1995).

En Criminología existen tres paradigmas principales: el paradigma que interpreta la conducta delictiva como elección racional, encarnada por la escuela clásica y por las modernas teorías de la elección racional, el paradigma del conflicto, que dirige su atención al análisis de los sistemas de control, y el estudio científico de los diversos factores que influyen en la conducta delictiva (ya sean psicobiológicos, sociales o ambientales). Esta última perspectiva y la metodología criminológica científica que le sirve de base constituyen la herencia básica del positivismo, iniciado por Lombroso a finales del siglo XIX. La mayoría de las investigaciones y de las teorías criminológicas contemporáneas son fundamentalmente positivistas en su metodología (Vold y Bernard, 1986).

LA TEORÍA LOMBROSIANA DEL ATAVISMO BIOLÓGICO
Basándose en el método positivo, Lombroso estableció las primeras teorías sobre la persona que delinque. En su libro más conocido, “El hombre delincuente”, publicado por primera vez en 1876 y del que se hicieron sucesivas ediciones revisadas, Lombroso presentó su visión del criminal nato y atávico, que sería el resultado de un desarrollo evolutivo incompleto. La idea del atavismo degenerativo tomó su base de los estudios sobre la evolución de Charles Darwin, quien, en su obra: “El origen de las especies” (1859) había ofrecido diversos ejemplos de especies que degeneran a fases previas de su desarrollo evolutivo. Lombroso creyó descubrir ciertas especificidades anatómicas que caracterizarían a los delincuentes natos y atávicos, como frente huidiza y baja, gran desarrollo de las arcadas supraciliares, asimetrías craneales, altura anormal del cráneo, gran desarrollo de los pómulos, orejas en asa, gran pilosidad y braza superior a la estatura (Lombroso, 19 ‘’; Rodríguez Manzanera, 1996; Vold y Bernard, 1986).

A partir de estos descubrimientos Lombroso rechazó abiertamente los planteamientos racionalistas de la escuela clásica, lo que produjo en aquellas décadas un vaivén de agrias polémicas científicas entre positivistas y clasicistas. Si, de acuerdo con Lombroso, existen personas abocadas a delinquir por razón de su propia naturaleza, no tendrá demasiada utilidad la existencia de un código penal que recoja en leyes claras y entendibles los delitos y establezca penas para disuadir a los potenciales delincuentes, ya que éstos presentan una tendencia ingénita hacia la delincuencia.
Sin embargo, las teorías deterministas de Lombroso no encontraron apoyo en los estudios desarrollados por sus discípulos. Sus ideas no se habían basado en una metodología rigurosamente científica. La verdad es que el propio Lombroso se vio forzado a modificar y matizar los enunciados de su primera obra, restando importancia a los factores biológicos en cada nueva edición de su libro, y concediendo mayor peso explicativo a los factores sociales y psicológicos. Entre éstos se refirió a la influencia criminógena del clima, de la lluvia, del precio del grano, de las costumbres sexuales y matrimoniales, de las leyes penales, de las prácticas bancarias, de la estructura del gobierno y de las creencias religiosas y sociales (Vold y Bernard, 1986). A partir de la cuarta edición de su obra principal, Lombroso estructura su clasificación del delincuente nato (Rodríguez Manzanera, 1996); (atavismo), loco moral, epiléptico, loco, ocasional y pasional. Lombroso llegó a afirmar que, dadas unas adecuadas condiciones, algunos delincuentes podrían ser rehabilitados a través de “un ambiente saludable, entrenamiento adecuado, hábitos laborales, la inculcación de sentimientos morales y humanos (…) siempre que (…) no surja en sus caminos una especial tentación” para delinquir (Brandt y Zlotnick, 1988: 108).

Los dos discípulos más conocidos de Lombroso fueron Enrique Ferri y Rafael Garófalo. Enrique Ferri (1856 – 1929) publicó en 1878 (tan sólo dos años después de la primera edición del libro de Lombroso, su obra de Sociología criminal, convirtiéndose en uno de los más destacados defensores de la perspectiva positivista. Ferri atribuyó una mayor importancia en la etiología de la delincuencia a factores sociales, económicos y políticos. Poco después, en 1880, Ferri presentó una de sus aportaciones criminológicas más destacadas, constituida por su clasificación de los delincuentes en las siguientes categorías (Glick, 1995):

1) el delincuente nato o instintivo, que tiene una propensión delictiva heredada;
2) El delincuente loco, mentalmente discapacitado;
3) El delincuente pasional, cuyo delito es el resultado de fuertes reacciones emocionales;
4) El delincuente ocasional o situacional, que constituye la categoría más amplia de infractores, y
5) El delincuente habitual, que ha adquirido sus hábitos delictivos como resultado de la influencia negativa de factores sociales diversos (abandono familiar, carencias educativas, pobreza, malas compañías, etc.).

Para Ferri, la Criminología debía estudiar la delincuencia tanto en su condición de hecho individual como en la de fenómeno social, con el propósito de que el Estado pudiera adoptar medidas prácticas para su control, ya fueran de naturaleza preventiva o represiva.
Por su parte, Rafael Garófalo (1851 – 1934), siendo profesor de derecho penal de la Universidad de Nápoles, publicó en 1885 su obra más conocida, titulada Criminología.

Su tesis principal fue: En el origen de la delincuencia se halla una deficiencia psíquica o moral, de carácter hereditario, que tiene como resultado una falta de desarrollo de sentimientos altruistas y una incapacidad para adaptarse a la vida en la sociedad. A partir de esta concepción, Garófalo creía justo que la sociedad se defendiera de la delincuencia aunque para ello fuese necesario eliminar al individuo.

Con la finalidad de conseguir una sociedad más “sana”. Es decir, eliminar a aquellos miembros de la sociedad que le estaban causando daño y a aquellos otros sujetos peligrosos que podían reproducirse y extender más aún su “Raza” criminal.-
La palabra “raza” en esta época fue utilizada en una forma poca precisa, y con mucha frecuencia está haciendo referencia más bien al concepto de “cultura”.

Garófalo llegó a admitir desde la pena de muerte hasta la reclusión de los delincuentes en colonias remotas (Glick, 1995).
Estas propuestas, por sorprendente que hoy nos parezcan, no eran consideradas como reaccionarias en aquel momento histórico, sino, por el contrario, como propuestas progresistas. Muchos socialistas se posicionaron entonces a favor del control genético de las clases peligrosas y a favor del internamiento de por vida de los delincuentes reincidentes o de la pena de muerte para los homicidas.

Los filósofos habían reflexionado durante siglos sobre el problema del crimen, pero sólo a finales del siglo XIX se aplicaron los principios de la ciencia empírica a este objeto de estudio. Lombroso, de hecho, apenas dejó teorías o hipótesis que salieron airosas tras una adecuada contrastación empírica. Sin embargo podemos considerarlo “padre” de la Criminología precisamente porque sus discípulos, en su afán de verificar en términos científicos las ideas de su maestro (muy diversas, dada la extensión de su obra, la que cuenta con más de 600 publicaciones) desecharon la mayoría de ellas e iniciaron distintas perspectivas de estudio dentro de la tradición positivista: el estudio de los factores socioculturales, el estudio de los factores psicológicos, y el estudio de los factores biológicos y genéticos.

INFERIORIDAD BIOLÓGICA
De las diversas hipótesis sobre la criminalidad planteadas por Lombroso fueron las referidas a la importancia de los factores biológicos (y más concretamente las relativas a las diferencias anatómicas observadas en el cráneo de los delincuentes y su concepción del delincuente nato) las que más popularidad alcanzaron. Sin embargo, con anterioridad (ya desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX) Franz Joseph Gall, Johann Gaspar Spurzheim, Charles Combe y Carles Caldwell habían investigado en el campo de la Frenología las relaciones existentes entre las distintas regiones del cerebro y la conducta humana (Curran y Renzetti, 1994). También en España, Cubí y Soler habían construido en su obra Sistema completo de Frenología, publicada en 1843, un mapa cerebral en el que localizaba distintos centros nerviosos responsables de diferentes funciones fisiológicas y de comportamiento, entre ellas de la agresividad. En la actualidad ya se ha conformado en papa genético, que permite el estudio de genoma humano.

Diversos autores intentaron investigar las hipótesis de Lombroso sobre un hombre “predestinado” a la delincuencia por su herencia genética. Entre ellos destaca Carles Goring (1870 – 1919), médico de prisiones, quien en su obra The English Convict (Los reclusos ingleses), publicada en 1913, utilizó un método riguroso para verificar las tesis de Lombroso. Con un enfoque estadístico moderno trabajó sobre mediciones anatómicas (del cráneo, de la distancia entre los ojos, etc.) realizadas a unos 3.000 presos ingleses, incluyendo además un grupo de control integrado por sujetos de la misma clase social que los presos estudiados (Vold y Bernard, 1986). De este modo, Goring intentó someter a control empírico las afirmaciones que Lombroso había realizado sobre el hombre delincuente, que relacionaban la fisonomía humana con la delincuencia.

Después de ocho años de estudio, Goring llegó a conclusiones devastadoras para las hipótesis de Lombroso. No existían diferencias físicas destacadas entre delincuentes y no delincuentes. De esta manera, Goring refutó una teoría simplista sobre la biología humana, concluyendo que no podía establecerse una fisonomía típica del delincuente (Conkin, 1995). En una moderna investigación (Bull y Green, 1980) se pedía a un grupo de policías y a otro de ciudadanos no vinculados a la justicia que clasificasen las fotos de diferentes sujetos intentando averiguar qué delitos habían cometido, de entre once tipos diferentes entre los que se incluían incendio, hurto, robo con violencia, violación y uso de drogas. El grupo de ciudadanos y el de policías obtuvieron una alta coincidencia entre sí en la clasificación de las fotos en función de los delitos. Sin embargo, ninguno de los sujetos fotografiados era delincuente, sino que sencillamente se trataba de estudiantes o de amigos de los investigadores. De este modo, lo que realmente se verificó fue la facilidad con que se ponen en marca los estereotipos sociales acerca de los delincuentes: o sea, la imagen que socialmente nos hemos construido de cómo ha de ser un delincuente.

No obstante, Goring sí que halló dos diferencias destacables entre la población reclusa estudiada y los grupos que le servían de comparación: los presos tenían una menos estatura que la población general (lo cual podría explicarse por la diferencia en la alimentación recibida), y también un menor nivel de inteligencia (Brandt y Zlotnick, 1988). Coring concluyó que las causas de la delincuencia estaban en este menor nivel de inteligencia más que en factores biológicos o genéticos.

Con posterioridad, un antropólogo norteamericano, Ernest A. Otón escribió en 1939 un libro titulado Crime and the Man (El delito y el hombre) en el que contradecía las conclusiones de Goring y nuevamente afirmaba la tesis de la inferioridad biológica de los delincuentes. Llevó a cabo una investigación en la que se efectuaron mediciones físicas de más de 17,000 sujetos, entre los que se incluían unos 14,000 delincuentes encarcelados y también estudiantes, pacientes hospitalarios, bomberos y policías (Vold y Bernard, 1986). Su principal resultado fue que los delincuentes eran “orgánicamente inferiores”. Sin embargo, la revisión del estudio de Otón ha evidenciado importantes problemas metodológicos en sus análisis (Akers, 1997). En primer lugar, las diferencias físicas halladas por él entre los grupos de delincuentes y de no delincuentes fueron, en realidad, muy pequeñas. Hasta tal punto que fueron superiores las diferencias físicas existentes dentro del propio grupo de los delincuentes que las observadas entre éstos, como grupo y, los no delincuentes.

Además Hootón incluyó en su muestra no delictiva una gran proporción de policías y bomberos, para cuya selección profesional incluyó un criterio muy importante, que constituyó sus cualidades físicas, que era precisamente la variable evaluada en esta investigación comparativa. Este sesgo metodológico a favor del grupo no delictivo pudo ser el responsable, por encima de cualquier otro factor, de las diferencias físicas encontradas por Hooton entre el grupo de delincuentes y de no delincuentes.

LA REALIDAD
La conexión entre el positivismo criminológico y las políticas criminales de principios del siglo XX.

Muchos positivistas de finales del siglo XIX y principios del XX dejaron un tanto de lado los derechos individuales en su afán de reformar la sociedad y construir un futuro sin pobreza y sin miseria humana. Esta visión de una sociedad ideal, fuera de carácter socialista o fascista, condujo a muchos a una postura de defensa social a ultranza, incluso aunque para ello fuera necesario eliminar a aquellos miembros de la sociedad que pudieran ponerla en peligro. Aquí es donde se aprecia la acción de limpieza social que ha instituido el Estado en algunas naciones latinoamericanas para mermar la acción delictiva generalizada dentro de la sociedad. Es por ello que, nuestra balanza imaginaria entre garantía individual y eficiencia estatal en la persecución criminal, muchas veces llega a mostrar un total des-balance, en la que la eficiencia llega a prevalecer, supuestamente dándole mayor tranquilidad a la comunidad, aparentemente la más honrada socialmente.

Las concepciones positivistas se vieron muy influidas por el gran desarrollo experimentado por las ciencias médicas. A partir del modelo médico, muchos vinieron a considerar la pena como un tratamiento que permite “curar” al delincuente.

Estas ideas, arropadas por una aura de científicidad, dieron lugar a la aparición de conceptos como el de “salud social” que, llegado el caso, podía llegar a justificar la eliminación de los delincuentes.

En España no tuvieron mucha influencia las ideas del derecho penal tutelar y de la defensa social, aunque sí que se promulgó durante la Segunda República una ley que respondía a esta perspectiva: la Ley de vagos y maleantes que estipulaba el ingreso en instituciones correctivas (en la práctica equivalentes a cárceles) de personas que, aun sin haber cometido un delito concreto, eran declaradas peligrosas, o potenciales delincuentes, debido a su estilo de vida marginal (mendicidad, carencia de domicilio conocido, etc.). Esta legislación, después perpetuada durante el franquismo por la Ley de peligrosidad y rehabilitación social, partía de la creencia en la necesidad social de someter a estos sujetos a un proceso de reeducación y cambio de hábitos y valores bajo la suposición de que era lo mejor para ellos.

La creación de los sistemas tutelares de menores en las legislaciones occidentales se produjo sobre la base de las ideas precedentes. Los menores no debían ir a la cárcel, pero sí acudir a centros donde pudieran ser reeducados por especialistas. También surgieron en este contexto ciertas leyes sobre delincuencia sexual con severas medidas dirigidas fundamentalmente al tratamiento. Con este tipo de medidas se comenzó a castigar en base a predicciones de peligrosidad, y esas predicciones debían resultar más decisivas que los hechos delictivos cometidos. Se trataba de evaluar al individuo peligroso a través de informes de expertos y de determinar cuál era el riesgo que presentaba un individuo de reincidir en la misma conducta. La condena se venía a fundamentar, de este modo, en un “tratamiento” que permitiera eliminar la reincidencia del delincuente.

Mientras tanto, las posiciones más conservadoras seguían defendiendo una política criminal propia de la escuela clásica, que establecía la reciprocidad entre el delito y la pena y no era favorable a las propuestas positivistas. Los conceptos de justicia que subyacen a la “defensa social” propugnada por los positivistas son muy distintos a los que sustenta la escuela clásica, que siempre propone un equilibrio entre el delito y la reacción social.

A principios del siglo XX fue muy fuerte la polémica desatada entre los penalistas clásicos y los modernos positivistas, en lo que se conoce como la lucha de escuelas. De esta confrontación ninguna escuela salió vencedora sino que mayoritariamente fue aceptada una postura mixta que recogía aspectos de ambas posiciones. Triunfó como siempre el pragmatismo. Por ejemplo, se establecieron medidas especiales para menores pero unidas a ciertas garantías procesales. Se prescindió en los códigos penales de la época de las propuestas maximalistas del positivismo que en su expresión última tendían a la búsqueda de las causas de la delincuencia “curar” a todos los delincuentes. En cambio, muchos países establecieron leyes y medidas especiales para ciertos grupos de riesgo como los sujetos con trastornos mentales, los delincuentes sexuales, los alcohólicos y los delincuentes juveniles.

Un aspecto que diferencia radicalmente el planteamiento positivista del de la escuela clásica es su fundamentación en una metodología científica. La escuela clásica al enmarcarse en conceptos abstractos, como son la mayoría de los concernientes a la “justicia”, es inaccesible a la comprobabilidad de muchos de sus planteamientos. En cambio los positivistas, al buscar las causas de la delincuencia y proponerse trabajar sobre ellas con el objetivo de eliminar la criminalidad, facilitaron en Criminología por primera vez la labor de comprobar la veracidad de sus hipótesis. Si se sitúa, por ejemplo, la causa de la delincuencia en el fracaso de la educación, a continuación es posible verificar qué resultados se obtienen mediante medidas tendentes a la reeducación de los delincuentes. De este modo, la previa hipótesis explicativa –que el fracaso de la educación sea causa de la delincuencia- puede ser afirmada o refutada sobre la base de resultados empíricos.

Sin embargo, pese al optimismo positivista de los primeros años, las instituciones dedicadas al tratamiento de los delincuentes no obtuvieron los resultados esperados. El programa positivista de las primeras décadas del siglo XX no consiguió reducir la reincidencia en el delito, y tampoco logró establecer programas de predicción y de prevención efectivos. No se pudo afirmar que esta búsqueda de factores y causas hubiera proporcionado el remedio para “curar” a los criminales y evitar su reincidencia. Por ello, al no haberse encontrado las soluciones esperadas al problema de la delincuencia, a largo plazo se produjo una vuelta a las posiciones primarias, a partir de las cuales fueron reformulados los conceptos, en el denominado neoclasicismo. Volvieron a ser importantes las ideas de justicia, de equilibrio entre pena y delito, y el concepto de estado de Derecho.

Importante es hacer notar, que en las sociedades modernas las autoridades a cargo de la persecución criminal, han concentrado su atención en la creación de cárceles de máxima seguridad, en las cuales, se busca quitarles el poder a los internos y que se acepte que son las autoridades penitenciarias las encargadas de mantener el control del recinto penitenciario, lo que a la fecha se califica de utópico.
De igual forma, el castigo dentro de las prisiones se limita al aislamiento total del recluso. Pero con el ataque a las torres gemelas en Nueva York, ya en el presente siglo XXI, se ha puesto entredicho incluso el concepto de cárcel de máxima seguridad, pues la existencia de los prisioneros en Guantánamo se ha demostrado que los prisioneros por terrorismo, pueden y han sido objeto de muchos vejámenes, limitaciones mínimas, de los mínimos derechos inherentes al ser humano, como lo es el derecho de defensa, el estado de inocencia etc. De igual forma, el concepto de invasión a otro Estado, y el no respeto a la soberanía territorial, se ha puesto en tela de duda. Naciones Unidas ha calificado y juzgado, de igual forma, ha autorizado las acciones que nunca se hubiera creído posible en la historia de la humanidad.

Es de reflexionar mucho al respecto del presente tema. No se puede afirmar que el individuo, que ha crecido y se ha desarrollado en un mondo delictivo, no tenga regeneración y que la sociedad deberá desecharlo. Soy de la opinión que la educación y la acción terapéutica juegan un papel muy importante en la reinserción de la persona a una sociedad civilizada.

Se han desarrollado programas sociales en los centros penitenciarios que han grado grandes objetivos, como es el cambio de comportamiento de las personas. En una penitenciaría en los Estados Unidos de Norte América, se le ha dejado bajo su responsabilidad a aquellos individuos calificados de alta peligrosidad social, una mascota, como un perro de hogar. Estos animales han sido recogidos en las calles y se les ha considerado como abandonados por sus dueños. Al recluso se le proporcionan aquellos instrumentos y comida especial para mascotas, para que se encargue del cuidado y protección del animal. Se ha apreciado grandes cambios en el individuo, quienes demostraron que son capaces de experimentar el sentimiento de ternura, amor, cuidado, delicadeza y comprensión en los animales. El programa pretende que los individuos calificados como de alta peligrosidad social, de igual forma, como cualquier otro individuo normal, puede llegar a experimentar esos sentimientos que permiten su reinserción a la sociedad.

Hay programas de trabajo agrícola que ha logrado que las personas logren ocupar su tiempo en forma fructífera y de igual forma, canalizar toda su energía en actividad que son bien vistas por la sociedad.